La toma de decisiones es todo menos simple.
Siempre he oído a mis compañeros médicos afirmar como una salmodia bien aprendida "los protocolos están para incumplirlos". Y la verdad, que como todas las frases que la sabiduría popular destila, también esta tiene cierta carga de verdad innegable y profunda. Con ella se quiere dar a entender que la toma de decisiones clínicas en situaciones reales exige evaluar tantas variables situacionales diferentes, tantos aspectos particulares, que si nos limitáramos a seguir como una máquina los dictados de un protocolo, las consecuencias y los resultados para los pacientes podrían ser, en determinadas circunstancias, catastróficos. La capacidad de la inteligencia humana para analizar y tener en cuenta un millón de aspectos no contemplados en la redacción de las guías, procedimientos o protocolos necesita de cierto grado de flexibilidad para poder seleccionar la decisión más apropiada en cada caso particular, incluso trasgrediendo o haciendo conscientemente lo contrario de lo que dice un determinado protocolo institucional. Este comportamiento se ha elevado incluso a la categoría de arte: el arte de la medicina.


